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Nunca había conocido a un señor tan estricto y tan milimétrico. Era Febrero del año dos mil dos. En un bar del pueblo de Nerja, llegó un señor de estatura mediana con un abrigo que casi llegaba al piso, de pelo castaño, y sus ojos en perfecta simetría con su boca y su nariz. Me llamó la atención porque venía con tres libros debajo del brazo en exacto orden de mayor a menor y en su otro brazo una sombrilla que no iba a juego con su elaborado atuendo.

El señor observó y decidió sentarse en una mesa para dos personas en el fondo del bar. Yo contemplaba El Balcón de Europa pero él tenía algo que me impulsaba a mirarlo constantemente. Se sentó de manera señorial, colocó los tres libros a su derecha y la sombrilla la alejó lo más posible como para que nadie notara su existencia. Todo parecía perfecto, perfectamente calculado. Sus manos no se movían, su aspecto era de quien sabe lo que quiere, cómo lo que quiere y en qué momento lo que quiere.

Pero aquel señor nunca calculó que su café estaría preparado por las manos de una chica, que a pesar de no ser una mujer despampanante, tenía una sonrisa de esas que salen en televisión. Entonces la presencia de la chica; con una voz casi angelical, hizo que aquel señor girara su cabeza sin poder calcular el gesto sin control en su mirada. Sus manos, que hasta el momento habían estado pasivas, comenzaron a no saber dónde colocarse.

Entonces entendí que yo estaba ahí en ese momento para presenciar las maravillas del amor. Para ser testigo de como los cálculos fallan cuando una sonrisa sacude tu cerebro y acelera tu corazón. Estaba allí para ser partícipe y contarle al mundo cómo el amor si posee el poder de cambiarlo todo en un segundo.

Después de dieciséis años siguen felizmente casados, tienen tres hijos y él sigue con su profesión de abogado. Ella es la dueña del bar. La sombrilla todavía existe, en ese momento; según años más tarde me contó, sus manos no dejaban de moverse porque no encontraba sitio para esconder aquella ridícula sombrilla. Pero aquella ridícula sombrilla fue lo que hizo que el amor naciera. Por temor a ser descubierto, la escondió, ella la encontró y fue a su despacho de camino a casa, a devolverla. Ella llevaba mucho tiempo observando a aquel señor de porte casi perfecto, él sólo tenía tiempo para observar sus tres libros.

Yaneli Morales©

YANELIMORALES.COM

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